Ciudadanía crítica

Hay una manera de estar en el mundo que no consiste en hablar más duro, sino en mirar mejor. A eso, al menos para mí, se parece la ciudadanía crítica.

No la entiendo como una militancia automática, ni como la costumbre de estar en desacuerdo con todo, ni como el deporte fácil de indignarse a diario. La entiendo como una disposición más exigente: observar con atención, pensar con criterio y no aceptar la realidad en bruto, tal como nos la sirven.

Tal vez por eso siento que la fotografía y la ciudadanía crítica se tocan más de lo que parece. En ambos casos todo empieza por la mirada. No por ver, que ve cualquiera, sino por mirar de verdad. Detenerse. Dudar un poco. Preguntarse qué hay detrás de lo evidente. Entender que toda escena tiene capas, que todo hecho tiene contexto y que casi nada importante se deja leer a primera vista.

La cámara me ha enseñado eso. Cuando uno fotografía, decide dónde pone la atención, qué incluye, qué deja por fuera, desde qué distancia observa y en qué momento dispara. Nada de eso es inocente. Toda fotografía, incluso la más sencilla, contiene una manera de relacionarse con el mundo. Una forma de escoger. Una manera de decir: esto merece ser mirado.

Fuera de la fotografía pasa algo parecido. Vivimos rodeados de opiniones instantáneas, titulares incompletos, lecturas interesadas y entusiasmos colectivos que muchas veces piden adhesión antes que reflexión. En ese ruido, ejercer una ciudadanía crítica es no entregar tan fácil el juicio propio. Es resistirse a repetir. Es no tragar entero. Es tomarse el trabajo de pensar.

No siempre es cómodo. Mirar con atención incomoda porque obliga a reconocer matices, contradicciones y zonas grises. Y la gente suele preferir los relatos simples: los buenos perfectamente buenos, los malos perfectamente malos, las explicaciones rápidas, las certezas prestadas. Pero la realidad no funciona así. La calle no funciona así. La vida tampoco.

Quizá por eso me interesa tanto la fotografía cuando logra algo más que una imagen correcta. Me interesa cuando conserva una tensión, cuando deja una pregunta abierta, cuando obliga a quedarse un poco más frente a la escena. Una fotografía así no solo muestra: también interroga. Y en ese gesto hay algo profundamente ciudadano, porque invita a no pasar de largo.

Para mí, la ciudadanía crítica empieza ahí: en no pasar de largo. En no acostumbrarse demasiado. En no mirar a medias. En conservar la capacidad de asombro, pero también la capacidad de juicio. En entender que una sociedad se empobrece cuando sus ciudadanos dejan de observar por sí mismos y delegan la interpretación de todo en otros: en los políticos, en los medios, en las redes, en la tribu de turno.

Ser ciudadano no es solamente votar. También es leer con cuidado, escuchar con reserva, dudar cuando toca, contrastar, hacerse preguntas incómodas y sostener una posición propia sin necesidad de gritarla todo el tiempo. Es una forma de responsabilidad frente a lo común.

Y tal vez por eso sigo creyendo en el valor de educar la mirada. No solo para hacer mejores fotografías, sino para habitar mejor la realidad. Porque una mirada entrenada no garantiza la verdad, pero sí nos vuelve menos ingenuos frente a la apariencia.

Mirar bien no resuelve el mundo. Pero ayuda a no entregárselo tan fácilmente a la mentira, al ruido o a la pereza mental. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.

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