Hace poco escuché el episodio 789 del pódcast de Mario Rubio, titulado “¿Y si desapareciera Instagram?”. La pregunta parece sencilla, pero toca un asunto importante para quienes hacemos fotografía: ¿qué quedaría de nuestro trabajo si mañana dejaran de existir Instagram, Facebook y las demás redes sociales?
La primera respuesta es evidente: perderíamos un escaparate. Durante años, las redes nos han permitido mostrar imágenes de manera inmediata, conocer el trabajo de otros autores y llegar a personas que difícilmente habríamos encontrado por medios tradicionales. Negar esa utilidad sería desconocer la realidad.
Pero una cosa es utilizar una red social y otra muy distinta depender de ella.
La fotografía sometida a la reacción inmediata
Las redes introdujeron una forma particular de valorar las fotografías. La atención se concentra en el número de seguidores, los “me gusta”, los comentarios y el alcance de cada publicación. Una imagen puede considerarse exitosa durante unas horas y desaparecer poco después, desplazada por miles de contenidos nuevos.
Esto ha modificado también nuestra manera de fotografiar. En ocasiones dejamos de preguntarnos si una imagen pertenece a una historia, si expresa una mirada personal o si merece formar parte de una serie. En su lugar, pensamos si funcionará en una pantalla pequeña y si conseguirá una reacción inmediata.
El problema no está en publicar. El problema aparece cuando empezamos a fotografiar pensando principalmente en la publicación.
¿Qué perderíamos realmente?
Si desaparecieran las redes sociales, perderíamos visibilidad inmediata, contacto con parte del público y una herramienta útil de difusión. Para muchos fotógrafos profesionales también representaría la pérdida temporal de un canal comercial.
Sin embargo, no perderíamos nuestras fotografías, nuestros archivos, la experiencia acumulada ni la capacidad de observar. Tampoco desaparecerían los libros, las exposiciones, los concursos, las revistas, las páginas propias, los colectivos fotográficos ni las conversaciones frente a una imagen impresa.
Quien haya construido toda su presencia sobre una plataforma ajena quedaría en una situación difícil. En cambio, quien conserve su archivo, cuide su página web y desarrolle proyectos con continuidad tendría una base sobre la cual seguir trabajando.
Las redes son un escaparate, no una casa. Sus reglas cambian sin consultarnos, su alcance depende de algoritmos que no controlamos y nada garantiza que una cuenta permanezca siempre disponible. Una página propia, un archivo organizado y una obra impresa ofrecen mayor permanencia.
Volver a fotografiar con tiempo
Tal vez la desaparición de las redes produciría también un efecto saludable. Nos obligaría a mirar con más calma, a editar con mayor rigor y a dejar de publicar fotografías simplemente para mantener una presencia constante.
La fotografía siempre ha necesitado tiempo. Lo necesita la espera de un ave, la observación de una calle, la construcción de un retrato, el seguimiento de un territorio y la selección final de una serie. Ese proceso no debería someterse al ritmo acelerado de una plataforma.
En mis proyectos de aves, naturaleza, territorio, fotografía documental y nocturna, las imágenes que finalmente conservan valor no siempre son las que generan una respuesta más rápida. Son aquellas que encuentran su lugar dentro de una historia, una exposición, un libro o un archivo construido con paciencia.
Una buena fotografía no mejora porque reciba cientos de aprobaciones, ni pierde su valor porque pase inadvertida en una red social.
Seguiríamos siendo fotógrafos
Si mañana desaparecieran Instagram y las demás redes, los fotógrafos no desapareceríamos. Tendríamos que recuperar otros caminos para mostrar el trabajo y relacionarnos con el público. Algunos serían más lentos, pero quizá también más sólidos.
Volveríamos a conceder importancia a la página propia, la copia impresa, el portafolio, el libro, la exposición y el encuentro directo entre autores y espectadores. También tendríamos que seleccionar mejor: no mostrar todo, sino aquello que verdaderamente represente nuestra mirada.
Las redes sociales son útiles y no hay razón para abandonarlas mientras cumplan una función. Pero deben estar al servicio de la fotografía, y no la fotografía al servicio de ellas.
Al final, si desaparecieran las redes sociales, perderíamos el escaparate. La mirada, el archivo y la obra seguirían siendo nuestros.
